La gran borrachera norteamericana. Baile de hielos durante la tormenta

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La tormenta de nieve que prometía ser la peor de la historia del estado de Nueva York con espesores de un metro, se quedó en apenas 30 centímetros de nieve. Lo cual sigue siendo bastante, pero no creo que como para echar al cerrojo a la ciudad más importante de Estados Unidos. Y es que a las 8 de la tarde el metro recortaba su frecuencia para las 11 de la noche terminar por completo su servicio por primera vez en sus 110 años de historia. El gobernador prohibió conducir a partir de las 23 h, incluso salir de casa si no era estrictamente necesario.
Ese día yo salí pronto de trabajar porque mi jefe se estaba poniendo nervioso, éramos los últimos en salir del edificio y a penas eran las 2 de la tarde. La tormenta se esperaba para media noche pero ya nevaba para entonces. Aproveché mi tarde libre para ir de compras y pasear por una quinta avenida limpia, vacía y blanca. La ciudad estaba casi desierta para la 4 y mientras yo procrastinaba mi vuelta a casa la gente se apresuraba a comprar víveres (como si fuéramos a estar incomunicados por días, fíjate tú!).
Yo sin embargo, pensé en comprar una botella de vino para cenar animadamente y cuál fue mi sorpresa, que todo Nueva York preparaba su particular y privada ciclogénesis explosiva que prometería severas resacas al día siguiente.

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Puertas traseras que conducen a un emporio de vida nocturna en Manhattan

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Lo que a simple vista parece una tienda de objetos de segunda mano en realidad es un club clandestino donde la ambigüedad flota en un ambiente tórrido de gente guapa y vestida a la última. Beauty & Essex es uno de esos lugares para aquellos que buscan la exclusividad furtiva, para los amantes del exceso a cualquier precio y para los usuarios de la nostalgia de una pasado desconocido e imaginario en un futuro ilusionado.
La parte frontal está configurada como una casa de empeño, con guitarras Flying V y una rubia detrás de la caja registradora. Una puerta trasera conduce a un emporio de vida nocturna. Una contraseña y un poco de suerte son tu pasaporte para ver lo que hay detrás de esas cuatro pareces. Uno piensa que será un bar pequeño con encanto, sin embargo hay ciudades escondidas en esos sótanos.
La planta baja es un restaurante elegante que sirve sopa de langosta. Y arriba, más allá de una escalera que tuerce en espiral alrededor de una lámpara de araña, hay un salón con paneles de madera, sofás de cuero y divanes que te llevan a otro bar.  Hay champán gratis en el baño de señoras. Los hombres no tienen tanta suerte. Yo pedí whiskey sour: 1) porque no estoy para experimentar con cocteles que rondan los 20$ y 2) porque me he convertido en una pequeña fan de este clásico, ácido y dulce, que hace que te enamores del whiskey.
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